
Mari (mári), Maia (máy-a) o Ama-Lur (áma lur; "Madre Tierra") era la diosa suprema de la antigua religión vasca, su símbolo cósmico era el sol, y su representación gráfica, el disco solar llamado lauburu (laubúru; "tetracéfalo". El lauburu puede variar de número de brazos, pero el más extendido y conocido por todos los vascos es el de cuatro. Los discos solares con alguna que otra modificación, pueden encontrarse en todas las culturas euroasiáticas antiguas, desde la península ibérica hasta Alaska e incluso en antiguas civilizaciones de América. Es común ver en las lápidas de los cementerios de Euskal Herria, que en lugar de utilizarse cruces cristianas, se siga con la costumbre de esculpir en las lápidas la cruz vasca, el lauburu, siguiendo de esta forma el rito antiguo de la religión de Mari.
Las estelas mortuorias de la época romana nos muestran que casi cada poblado vasco, poseía sus propios dioses diferentes al poblado cercano. Lo que refleja una falta de homogeneidad en el culto religioso de los antiguos vascos. Sin embargo hasta la actualidad, a través de la tradición oral, nos ha llegado un culto a los antiguos dioses vascos, con nombres que se repiten en cualquier leyenda a lo largo de toda la vascofonía. Zonas que quedaron aisladas durante siglos, unas de otras, y que conservaron un sustrato religioso común.
Con el colapso de las estructuras imperiales romanas y el comienzo de las invasiones germánicas, en la zona pirenaica, ante la nueva situación, se da una reafirmación de lo vasco frente a lo latino. Una unión de las diferentes tribus vascas en contra de los germanos, que no sólo acarreó el surgimiento del euskara común para todos los vascos, sino también una uniformizacion del culto religioso, ya que las leyendas en torno a Mari, son comunes a un lado y a otro de los Pirineos. También en estas leyendas quedan restos de antiguos dioses como Ortzi (órtsi; similar al Thor escandinavo) con sus variantes Urtzi (úrtsi), Ost, Ortz (orts), Egu (égu), In o Inko (ínko), que están presentes en la raíz de los nombres de los días de la semana vasca como ostegun (ostégun; "día del cielo"; jueves) o eguen (egú-en;"[día] del cielo"; jueves, en vizcaíno ) o de accidentes meteorológicos como por ejemplo inar (iñár; "rayo de luz", "chispa"), inusturi (íñústurí; "trueno"), inontz (iñónts; "rocío"), ortziri (ortsíri; "trueno") u osti (ósti; "tormenta"), entre otros. Un culto al cielo, ya que este es el significado del nombre Ortzi y sus variantes, de claro origen indoeuropeo e introducido en las tribus vascas posiblemente por los celtas. Este culto fue, detrás del de Mari, el que estuvo más expandido geográficamente.
Es muy posible que el culto a Mari fuera extendido o reforzado en las zonas en las que ya existía por los vascones de Navarra, fruto de su liderazgo dentro de las tribus vascas. Esta expansión conllevaría la reafirmación de las deídades indígenas frente a las de origen foráneo. El culto religioso vasco de origen prehistórico y matriarcal, con muchas similitudes con el de la Creta minoica (también de origen prehistórico), representaba como diosa suprema a una deidad subterránea en contraposición con las indoeuropeas, en su mayoría deidades celestes y patriarcales. Un culto que, con el paso de los siglos, se fue enriqueciendo con influencias íberas y celtas, y que se impondría finalmente, en la época franco-visigótica, al resto de dioses vascos de origen romano, íbero o celta; y también al Ortzi indoeuropeo (deidad celeste) aunque sin hacer desaparecer a este último totalmente. En el Códice Calixtino realizado por el clérigo galo Aymeric Picaud en el siglo XII, en el cual se relataba su peregrinación a Santiago, indica que los vascos con los que contactó llamaban a Dios Urcia.